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UN SIGLO DE PARQUES NACIONALES EN ESPAÑA

UN SIGLO DE PARQUES NACIONALES EN ESPAÑA 

 

    

Los Parques Nacionales cumplen un siglo de su existencia. El 7 de diciembre de 1916, el rey Alfonso XIII firmó la Ley por la que se crea en España la figura de los Parques Nacionales, publicándose su texto en la Gaceta de Madrid el  día 8 del mismo mes, hace hoy cien años.

La norma supuso un hito esencial en la protección del medio ambiente en nuestro país, siendo la primera de las siete normas que se han venido dictando en España para regular esta materia. El aniversario que hoy celebramos bien merece echar la vista atrás con melancolía hacia las circunstancias en las que se enmarcó su aprobación.

Para contextualizar aquel acontecimiento debemos señalar que la figura de los parques nacionales llegó a España cuarenta y cuatro años después de la creación de esta categoría a nivel mundial. Fue en los EEUU de América, donde en 1872 se diera el primer paso, con la creación del Parque Nacional de Yellowstone, mientras que en Europa el primer antecedente lo encontramos en Suecia en el año 1909.  Estas actuaciones  resultaban claramente sintomáticas de  una conciencia que se iba generando a lo largo y ancho de todo el mundo de puesta en valor y protección de los parajes naturales. En España estos impulsos fueron ya tempranamente defendidos por los librepensadores, uno de los cuales, el ilustre naturalista Odón de Buen sería el primero en plantear en el Senado, en 1907, la creación de Parques Nacionales en España, iniciativa que no llegó a culminar con éxito.

 

  

 

     

Eran años en que se experimentó un importante acercamiento de la sociedad a las montañas. Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza ya en las últimas décadas del siglo XIX pusieron en práctica la asociación del paisaje a sus ideas y proyectos, a su horizonte intelectual, educativo y político, conformando una nueva forma de ver la montaña. La práctica excursionista y deportiva en la Sierra, casi inexistente todavía por aquellas fechas, se fue incrementando gradualmente a partir de estos momentos. De este modo, en 1903 el entusiasta Manuel González de Amezúa fundó un club para practicar el alpinismo y el esquí, que sería el germen del Club Alpino Español creado en 1908, con sede en el puerto de Navacerrada. Cinco años más tarde, en 1913 se crearía también en Madrid la Sociedad Alpina Peñalara. En Cataluña ya desde 1876 venía funcionando la Sociedad Excursionista de Cataluña, sociedad que sería la promotora, unos años más tarde (en 1914)  de la creación del Parque Nacional de la Montaña de Montserrat, lo que representó, de hecho, el segundo intento en nuestro país de llevar adelante la protección de los parajes naturales a través de la figura de los parques nacionales. En esos mismos años el movimiento Scout fundado en Inglaterra en 1907 se extiende por todo el mundo, llegando a España en 1913 con el objetivo de acercar a los niños a la naturaleza, rodeado no obstante de polémicas suscitadas por sus connotaciones militaristas.

En ese interesante contexto, aparecería la figura del asturiano D. Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, Marqués de Villaviciosa de Asturias (1870-1941). Hijo de familia “noble” D. Pedro era un hombre polifacético: político, jurista, periodista, escritor, cazador, y deportista. Gran apasionado por la caza, su destreza hizo que en 1900 participase en París en el seno de los Juegos Olímpicos -que allí se celebraban- en la competición «tiro al pichón», quedando en segunda posición, lo que le valió el reconocimiento como la primera medalla lograda en la historia del olimpismo español. Esa afición fue la que precisamente le llevaría en su juventud a participar en jornadas de caza en Picos de Europa, donde empezaría a conocer las montañas de la zona, lo que sería el germen de su pasión por la naturaleza.

 

        

Hay quien considera que él fue el primer montañero español por sus ascensiones a importantes cumbres de Picos de Europa. De hecho, este noble asturiano estaba obsesionado con lograr ascender al  Naranjo de Bulnes, esa cumbre de más de 2.500 metros de altitud que, aún sin ser la más alta de todo el Macizo, sí es la más vertical y desafiante de cuantas pueblan los Picos de Europa y que por aquellas fechas todavía no había sido ascendida por nadie. Don Pedro quería ser el primero en hollar su cima, para lo cual se desplazaría a Chamonix, para formarse en el arte de la escalada, donde llegaría a ascender la impresionante Aguja del Dru, de 3.755 metros de altitud. Desde allí fue a Londres, donde adquirió una buena cuerda de pita para su escalada al Naranjo. Para su hazaña recabaría la experiencia y conocimiento del medio de  un pastor local, Gregorio Pérez, «el Cainejo» conocido por su valentía y bravura. De este modo, el 5 de agosto de 1904,  tras una épica ascensión esta singular pareja conseguiría hacer cima en el mítico Naranjo de Bulnes, toda una hazaña teniendo en cuenta los medios y técnica de la época. 

Doce años después de aquella proeza, en el mes de mayo de 1916, el mismo Marqués de Pidal sería quien asumiera la presentación en el Senado de una proposición de ley relativa a la creación en España de los Parques Nacionales. Lejos de planteamientos científicos, la propuesta partía de una visión romántica de la naturaleza, conectando el paisaje tal y como propugnaba la Institución Libre de Enseñanza. Así, partiendo de la consideración de que “Nada cautiva tanto la voluntad como la hermosura”, el Marqués, en su discurso ante el Senado defendió que si “un castillo, una torre, una muralla, un templo, un edificio, se declara Monumento Nacional para salvarlo de la destrucción. ¿por qué un monte, excepcionalmente pintoresco, con sus tocas de nieve, sus bosques seculares, su fauna nacional y sus valles paradisiacos no ha de declararse Parque Nacional para salvarlo de la ruina?... ¿No hay Santuarios para el Arte? ¿Por qué no ha de haber Santuarios para la Naturaleza, para la Madre Naturaleza? “Crear parques nacionales como en otras naciones se ha hecho, procurando su fomento, su embellecimiento, y sobre todo conservar las bellezas naturales de algunos sitios que, descuidadas, podrían perderse, es cosa que sólo aplauso merece

La prensa madrileña recogía la iniciativa con un cierto escepticismo: “Tengo para mí que el proyecto de ley leído y defendido últimamente en el Senado por su autor, el Marqués de Villaviciosa de Asturias, no pasará de ser "tomado en consideración”: No están todavía en España suficientemente arraigados estos ideales “pro Natura” (GRAN VIDA, Revista Ilustrada de Sports, num. 157, Madrid junio-julio de 1916).

    

El texto de la Ley finalmente aprobado por las Cortes Generales y posteriormente rubricado por el rey Alfonso XIII, con tan sólo tres artículos se limitaba a establecer las  bases para el desarrollo de esta figura. Así concebía los Parques Nacionales como “aquellos sitios ó parajes excepcionalmente pintorescos, forestales ó agrestes del territorio nacional”. Determinaba, además, de forma clara que esta figura tendría “el exclusivo objeto de favorecer su acceso por vías de comunicación adecuadas y de respetar y hacer que se respete la belleza natural de sus paisajes, la riqueza de su fauna y de su flora y las particularidades geológicas é hidrológicas que encierren, evitando de este modo con la mayor eficacia todo acto de destrucción, deterioro ó desfiguración por la mano del hombre”.  Finalmente, el texto normativo finalizaba con un mandato dirigido al Ministro de Fomento para que procediera a su creación de acuerdo con los dueños de los sitios, para que abordase la reglamentación de  los que vaya creando, y para que consignara en los Presupuestos las cantidades necesarias para su sostenimiento.

La regulación, ciertamente escueta, constituía no obstante, la base sobre para el desarrollo de un interesante modelo, permitiendo que España fuera uno de los países pioneros en Europa en la apuesta por la protección de la naturaleza. A su amparo se declararon en 1918, los dos primeros parques nacionales españoles, el de la Montaña de Covadonga (hoy Parque Nacional de Picos de Europa) y el de Ordesa, modelo que luego tendría continuidad en la década de los años cincuenta con la declaración de los parques del Teide y Caldera de Taburiente y de Aigües Tortes y Lago de San Mauricio.

A día de hoy existen en España un total de quince Parques Nacionales. Junto a los ya señalados se suman los de Doñana, Tablas de Daimiel, Timanfaya, Garajonay, Archipiélago de Cabrera, Cabañeros, Sierra Nevada, Islas Atlánticas de Galicia, Monfragüe y Sierra de Guadarrama. Todos ellos son herederos de aquellos ideales “pronatura” de los que ya daba cuenta la gacetilla madrileña en los albores del siglo XX  con un cierto escepticismo y de la pasión con que el Marqués de Pidal defendió en el Senado  hace cien años la necesidad de aquella norma. “Y es que el amor a la madre Naturaleza progresa al unísono en todos los países cultos y en todas las almas accesibles al sentimiento estético. Existen almas inestéticas, es verdad, que permanecen con indiferencia estulta ante el paisaje; pero la mentalidad de esas no cuenta” 

 

            

 


 
 
 
TIEMPO DE OTOÑO EN LA SIERRA DE LA DEMANDA. ASCENSIÓN AL PICO MENCILLA

TIEMPO DE OTOÑO EN LA SIERRA DE LA DEMANDA. ASCENSIÓN AL PICO MENCILLA

 

Altitud Mencilla : 1932

Coordenadas: 30 T 474132 4670508

Desnivel: 970 metros, hasta la cumbre.

Distancia: 23 kms (itinerario circular)

Dificultad: moderada

Horario: Entre 7 y 8 horas.

Ruta: http://goo.gl/2Xcc4V

La ruta de hoy conduce hacia el Pico Mencilla, una de las cumbres más importantes de la Sierra de la Demanda en su vertiente burgalesa. Desde un punto de vista geográfico, la sierra de la Demanda está constituida por un conjunto de elevaciones montañosas que se localizan en el extremo noroeste del Sistema Ibérico, compartiendo territorio entre las provincias de Burgos y Logroño. De hecho, el eje principal de esta cordillera lo marcan dos cumbres, al este el Pico San Lorenzo –que con sus 2271 metros es la montaña más alta de La Rioja- y  al oeste el Pico San Millan –máxima elevación de la provincia de Burgos, con 2131 metros-. El pico Mencilla, sin embargo, no forma parte de este cordal principal, sino que tiene entidad propia al ser la cota más alta de un cordal secundario, que se levanta paralelo al anterior en su vertiente sur y que en consecuencia nos ofrece unas maravillosas vistas sobre el eje principal del macizo, hacia el norte, y de las montañas de Ayllón y Somosierra hacia el sur.

El punto de partida de nuestra excursión lo colocaremos en la hermosa localidad burgalesa de Pineda de la Sierra, lugar en el dejaremos nuestra coche y donde podremos disfrutar a la vuelta de nuestra excursión transitando por sus calles entre las elegantes casas blasonadas en busca de la porticada galería románica de su iglesia parroquial. Aprovecharemos pues, las primeras horas de la mañana para ponernos en marcha en nuestra ruta. Nuestra intención es trazar un itinerario circular que recorra una parte importante del cordal de esta sierra, con lo que comenzaremos tomando el sendero de la vía verde en dirección al Puerto del Manquillo. Esta vía verde es un camino natural de más de 50 kilómetros de recorrido que discurre entre los municipios de Arlanzón y Monterrubio de la Demanda por el trazado de una antigua vía ferroviaria que empezó a construirse allá por el 1896 para transportar a la capital burgalesa el hierro extraído de las minas de la zona y que dejó al descubierto los yacimientos de Atapuerca. Ese antiguo trazado hoy ha sido acondicionado para recorrer estos bellos parajes, con lo que nos acercaremos a su trazado al paso por Pineda de la Sierra y ascenderemos cómodamente por el hasta el puerto del Manquillo.

Una vez situados en el puerto ya habremos recorrido los primeros 8 kilómetros de nuestro recorrido y más de 200 metros de desnivel desde el punto de partida en un trazado muy suave, salvo la rampa de los últimos metros. Desde aquí tomaremos una pista forestal que sale hacia la derecha –primero hacia el sur, y luego virando hacia el suroeste-, y que rápidamente va cogiendo altura. La pista no tiene pérdida en ningún momento y discurre por unos bosques de hayas en los que podremos disfrutar al máximo de los colores de la naturaleza y del olor del suelo húmedo propio de un otoño que progresivamente se va adueñando de todo.

Cuando llegamos a la cota 1650 (aproximadamente 11,5 kms de nuestro recorrido), el bosque deja un claro y la pista empieza a descender en una curva hacia la derehca, punto en el que un hito bien construido nos indicará que es el momento de abandonar ese trazado para tomar un sendero que asciende en dirección a la pendiente que en algunos tramos tendremos que intuir para alcanzar el cordal. En ese breve tramo de poco más de seiscientos metros de longitud nos colocaremos por encima de la cota de 1700 metros y encontraremos un camino mucho más cómodo que, en dirección noroeste, discurre hacia la línea de cumbres en busca de nuestro objetivo del día en un continuo sube y baja. A poco más de dos kilómetros de haber tomado este cordal la pista gira hacia la izquierda  -oeste-, aunque podremos ver un sendero que apunta hacia arriba sale hacia la derecha. En principio podremos despreciar ese sendero –salvo que queramos hacer íntegra toda la línea de cumbres- pues siguiendo la pista ahorraremos fuerzas y llegaremos de nuevo al mismo punto ahorrándonos ese desnivel extra. Tras una nueva sucesión de subidas y bajadas llegaremos sin complicación ninguna a nuestra cumbre del día, el Pico Mencilla (1932 metros de altitud y 17 kilómetros desde el inicio de nuestro recorrido), que cuenta con buzón de cumbre y vértice geodésico. Si nos asomamos hacia el norte podremos admirar los restos del imponente circo glaciar que se abre al vacío, que por aquí es conocido como “La Concha”. Cuando levantemos la mirada podremos también jugar a adivinar los nombres de las cumbres del eje principal de la Sierra de la Demanda. De oeste a este, primero el Trigaza Norte –con unas visibles antenas-, un poco más a la derecha el Trigaza Sur, y algo más hacia el este la inconfundible figura del San Millán. Avanzando en nuestra mirada más en el misma dirección podremos incluso distinguir sin problemas la silueta del Pico San Lorenzo, que es el más alto de toda esta cordillera.

A mitad de camino entre el San Millán y nosotros veremos en el fondo del valle las casas de Pineda de la Sierra que es ahora nuestro destino. Puesto que tratamos de hacer un itinerario circular, lo primero que haremos es descender por la línea de cumbres hacia el oeste, hasta llegar el collado de Mencilla (1819 metros de altitud), donde una caseta semiderruida nos marca el punto en que debemos empezar el rápido descenso hacia el sur. El sendero marcado con hitos pronto se adentra en un magnífico bosque de hayas propio de los libros de cuentos que va girando hacia el noreste y que nos deja ya muy cerca del area recreativa del Ahedo de la Pared, donde se situan los refugios y la fuente Esteralvo junto a una buena pista. Avanzando poco más de cincuenta metros hacia la izquierda –oeste-, veremos que de la pista sale una derivación hacia la derecha, camino que tomaremos y que atraviesa una hermosa zona donde se entremezclan los colores otoñales de hayas con los de los rebollos, para desembocar más tarde en un precioso acebedo que nos conduce sin mayores dudas hasta nuestro punto de partida.

Observaciones:

·         Si se dispone de dos vehículos el itinerario se puede acortar 8 kilómetros teniendo como punto de partida el puerto del Manquillo, en cuyo caso nos ahorraremos algo más de una hora de ruta.

·         Excelente itinerario para hacer corriendo (trailrunning). A ritmo tranquilo y con paradas se puede completar en unas tres horas.

 
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